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Mucho se ha escrito sobre el Teide y no es para menos, porque merece que así sea y razones más que suficientes avalan tal aseveración, debido en primer término a que no es un volcán cualquiera, si tenemos presente que el Teide y Las Cañadas tienen más de 100 000 años, pero las atracciones de su sólida estructura comenzaron a multiplicarse hasta el infinito a partir del arribo de los primeros navegantes a las islas.

No se conservan los deseados documentos acerca de esa etapa del despegue, pero recordemos que Tenerife fue conquistada en 1496 lo que trajo por consecuencia la puesta en marcha de transformaciones que se han ido sucediendo hasta nuestros días.

El escritor Abreu Galindo en 1632, plasma algo de sumo interés: “A esta isla de Tenerife llaman algunos la isla del Infierno, porque hubo en ella muchos fuegos de piedra de azufre, y por el pico de Teide, que echa mucho fuego de si”, sin embargo, la primera cita directa que se conoce fue hecha por el mercader inglés Thomas Nichols, quien publicó en 1583 un libro de viajes donde plasma lo siguiente:“Esta isla tiene 17 leguas de largo, y la tierra es alta, de igual forma que la cumbre de los terrenos de cultivos en ciertas partes de Inglaterra; en medio de esta región se halla una montaña redonda llamada Pico de Teide, situada de este modo: La cumbre del Pico hasta lo alto en línea recta 15 leguas y más, que son 45 millas inglesas; de ella salen a menudo fuego y cenizas, y puede tener media milla de circuito.

“Dicha cumbre tiene la forma o un aspecto de un caldero. En dos millas alrededor de la cumbre sólo se hallan cenizas y piedra pómez; y por debajo de estas dos millas está la zona fría, cubierta de nieve todo el año”.
Con certeza se ha escrito para una documentada conferencia que “La Ilustración es la que propició al Teide de uno de sus rangos más significativos: su relación con la historia de la ciencia y con los descubrimientos geográficos. La historia del Teide va a estar estrechamente unida a los nuevos avances científicos y técnicos de una época que sus contemporáneos, llenos de optimismo, denominaron “de la razón”.

La física, las matemáticas, la cartografía, la geodesia, la botánica, la zoología o la mineralogía de siglo XVIII se sirvieron del Teide como laboratorio natural y como hito geográfico.

“El Siglo de la Luces estuvo marcado por el desarrollo del comercio marítimo y por el inicio de las grandes expediciones científicas; los marinos europeos ya conocen el contorno aproximado de las tierras emergidas, incluido el recién descubierto continente austral.

“La explotación de los nuevos territorios demandaba mejorar las técnicas y métodos científicos. Canarias cuenta con una gran ventaja: es un cruce obligado en los caminos de la mar y el Teide es el faro que orienta a los navegantes que navegan esta zona del Atlántico. Igualmente se aseguraba que comerciantes, científicos -y también piratas- recalaban por sus puertos.
Muchos años después a bordo de la fragata La Flore el matemático y geodesta J. Ch. Borda quien también organizó una subida al Teide y elaboró una monografía sobre las islas que aporta datos de gran interés sobre la población, costumbres y economía. Sus palabras justificando este trabajo son muy significativas: “La medición del pico de Tenerife no era un objeto de pura curiosidad para nosotros, pues dependía esencialmente de nuestro trabajo náutico. Nos era indispensable la elevación exacta de ese volcán, para sacar partido de las observaciones de la altura aparente que habíamos hecho en varios puntos de la isla de Tenerife, Gomera y Canaria, que habían de servir para fijar las longitudes y latitudes de estos puntos”. La altura del Teide fue un problema que ocupó toda la centuria y que acabó con las leyendas que circulaban en ese entonces.

Desde todo punto de vista es aleccionador conocer parte de la enorme historia de este volcán extinguido de 12 198 pies de altura (3 718m), devenido montaña más alta en el territorio español con el privilegio de que su cima puede ser divisada desde las restantes Islas Canarias.

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